Jamás vean a Travis en vivo
Cerca de las 21 hs comenzó el show y nadie se animó a quedarse sentado: a partir de ese momento estar de pie era la única opción posible. Conocía un poco de cada tema y casi nada de ninguno así que lo mejor que pude hacer fue abrirme a la experiencia como quien lee un libro por primera vez: con justa curiosidad. Con el pasar de las canciones descubrí que no saber nada de Travis me daba ventaja y que mi conocimiento de inglés también: Fran Healy, entre canción y canción, hablaba y hablaba: el teatro era su confesionario.
Como de música no sé nada (mi conocimiento se basa en “Me gusta”, “No me gusta” y “Meh”), me voy a centrar en lo que percibí de Travis como banda y, en este sentido, no puedo más que citar al cantante porque fue quien, entre charla y charla, estableció una conexión con la audiencia que no había visto antes. Desde decir que estaban asombrados por la cantidad de gente que había en el teatro (no se lo esperaban, afirmó) hasta contar por qué las bandas cantan covers pasando por una anécdota con Liam Gallagher que hizo reír a más de uno (me incluyo), Healy se transformó en ese amigo con el que todos queremos pasar una velada y al que queremos llamar si nos pasa algo para que nos dé un consejo, nos cuente una anécdota o llore con nosotros.
El plus fue poder verlo y escucharlo a la salida del teatro: le dio su tiempo, sonrisa y palabras a cada fanático que se acercó a saludarlo, firmó autógrafos, se sacó fotos. Contó por qué hacía rato que no venían: “Teníamos un manager que sólo quería ganar dinero y no consideraba estos destinos hasta que lo echamos”. Durante el recital había dicho que hacía tanto tiempo que la banda estaba junta que se podía contar una historia al verlos y esa continuidad y mantener los pies sobre la tierra en una industria que parece que quiere que los tengas en el aire hacen de Travis una rara avis, y menos mal que lo es.
Jamás vean a Travis en vivo: querrán verlos de nuevo.

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